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miércoles, 7 de enero de 2015

La célula de la Sociedad


Siempre se comentó en el pueblo de La Cumbrecita que don Ubaldino tenía a raya a su familia, para bien, claro. Yo mismo lo he visto hincarse muy devoto en misa en el momento de la Consagración a pesar de que le costaba acomodar su vientre voluminoso.
Se comentaba, lo he oído de boca de mi propia esposa que doña Catalina, su mujer, padecía de enfriamiento en sus zonas bajas, lo cual era admirable por cuanto toda mujer ha de conformarse con parir y criar su descendencia, y si no le falta el pan...
Matildita sí le había salido un poco rebelde. Decían que a la muchachita le gustaba coquetear con el dependiente del almacén de ramos generales cuando no era con el maestro panadero. Pero supongo que eran sólo habladurías porque era bien sabido que dedicaba noches en vela a tejer ropitas para los niños del orfanato. Salía muy de noche, yo mismo la he visto, bordeando el camino de la sierra entre los espinillos hasta las casuchas perdidas en las sierras para llevar pan y abrigo a las familias. Lo sé porque llevaba bultos bajo el brazo y con qué energía aguantaba las noches en vela. Siempre se la veía dinámica aunque un poco alocada. Es que dicen que las sierras cargan a uno de energía... vaya a saber.
Bruno era callado, hosco. Apenas si le saludaba a uno por la calle. Me intrigaba su forma de ser, tan apocado, no se le conocía mujer. Cierta vez tuve la intención de explicarle las cosas de la vida ya que como no tuve la suerte de tener hijos varones me tentó la idea de hacer de ese muchachito todo un hombre. Pero desistí cuando en el bar de Jacinto escuché a su profesor de teología decir que Bruno tenía todas las condiciones para entrar en el sacerdocio. Un honor y una honra para don Ubaldino, tener una hija caritativa, una esposa abnegada y un hijo cura.
Así se hablaba tan bien de ellos en La Cumbrecita. Los veíamos salir de misa, callados y sonrientes... “Buenos días don Aldo... Adiós doña Marta..” saludando con cortesía. Si de noche uno pasaba por su casa, a trasluz de las cortinas se observaba a la familia reunida a la mesa rezando la oración;  a doña Catalina y a Matildita tejiendo en el sofá y a don Ubaldino fumando su pipa luego de la cena. Ejemplo para la sociedad.
Siempre lo creí así, y si no lo hubiera visto con mis propios ojos, no hubiera soñado siquiera con lo que pasó. Fue el mismo día en que don Ubaldino anunció que se iba de viaje como todos los meses a buscar mercadería a Buenos Aires, cuando decidí ir a cazar, cosa prohibida en La Cumbrecita, pero bue… uno no es perfecto. Entrada la noche apronté mis cosas y  subí a las sierras cruzando entre los chañares.
Me atrajo el barullo y unas luces a lo lejos. Eran de un chalecito al que nadie le conocía dueño. Parecía una fiesta. Algo bastante raro en aquellos parajes. Movido por la curiosidad me pegué a los ventanales y allí comenzó mi calvario.
Estaba don Ubaldino rodeado por una montaña de gente desnuda. Él cubierto sólo con una piel de tigre y un vaso en la mano, mientras el dependiente del almacén de ramos generales lo besaba con pasión y el maestro panadero lo abrazaba por atrás.
A un costado se veía un grupo de mujeres acariciándose y tirándose bebidas sobre sus cuerpos. Iban y venían sin prejuicios, como Dios los trajo al mundo. Nunca pensé que eran posibles tantas acrobacias humanas... Estaba tan absorto por la escena que no advertí hasta mucho después que un grandote me hacía señas para que entrara y me sumara a la orgía. Salí corriendo y sólo me di un respiro mientras me alejaba para mirar de reojo a la tetona que se me ofrecía jugosa.
 Bajé casi flotando las laderas de las sierras, enloquecido por aquél descubrimiento y me dirigí a casa de aquella familia destruida por ese padre enfermo. Traté de advertirle a doña Catalina pero cuando llegué y entré, sin esperar a tocar el timbre, la vi ocupada con las partes bajas del profesor de teología del colegio del Sagrado Corazón.
Como borracho hui, pero tropecé en mi camino con dos muchachas, una de ellas, Matildita, reían alocadas pasándose un polvito blanco por la nariz y besándose apasionadamente con dos desconocidos.

Pensé en Bruno, el varón, el hijo que la naturaleza no me dio. Fui a buscarlo a la sacristía puesto que era habitual encontrarlo allí. Luego comprendí que no podía ser de otro modo: estaba bebiéndose el cáliz del sacristán.
Mi calvario aún sigue. Intenté convencer a la buena gente de La Cumbrecita de que aquella familia no era modelo para la sociedad. Pero no me creyeron. Entonces me paré en el palco el día de la  fiesta del santo patrono para que me oyeran todos y grité la verdad.
Desde ese día estoy encerrado en una celda por anarquista, la que comparto con dos putas con las que suelo rezar un rosario por las noches.


MARIA LUZ BRAMBILLA

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