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martes, 20 de enero de 2015

Escenas

Escenas

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El pasillo parecía más angosto de lo que era. Los tubos fluorescentes albergaban miles de mosquitas por lo que  iluminaban mal las cabezas que reptaban hacia el agujero de donde provenía el sonido de los trenes.
Ella tenía reflejos en su cabello. Otras cabezas la pasaban, giraban a su alrededor, pero su cabeza seguía en línea recta sin desviarse ni un centímetro de su andarivel. El flautista giro su flauta cuando pasó, y el mendigo no le extendió su mano. Una joven con sombrero se le acercó pero ella pasó de largo. El agujero estaba cada vez más cerca, pero no se apuraba como el resto de las cabezas. Hasta que al final de pasillo comenzó a detenerse el tren haciendo suaves curvas con sus vagones. La cabellera que le había robado reflejos al sol fue al encuentro del primer vagón, desapareciendo bajo el andén, hundiéndose para siempre en las vías sucias de aceite y colillas quemadas.

                                                          Escena ll

El flautista ya la había visto otras veces. Le conocía la mirada triste, como ausente. También había notado que ella se estremecía un poco con un rictus de placer cuando pasaba a su lado. Lo recordaba, fue el día en que interpretó “La Primavera”. Desde aquel momento buscó en su repertorio melodías para ella, únicamente para ella. Y cuando se acercaba la hora y la divisaba a lo lejos comenzaba a tocar, inclinando la cabeza a su paso. Pero su ardua tarea sólo era correspondida con un atisbo de dulzura en los ojos amargos de la muchacha. Sólo eso. Hasta el otro día, donde sus esperanzas se renovaban cuando el reloj marcaba las dos de la tarde.                                                 
El mendigo extendía su mano en forma automática, doliéndole el ruido de las pocas monedas que caían en su gorra gris y sucia. “La gente no tiene alma” - pensaba. Los restos de fideos con doble tuco y pesto que consiguió en la trastienda del restaurante le fueron insuficientes para calmar la agonía de sus tripas. Pero seguía ahí, como cada día, esperando de la gente. “La gente...” - rumiaba-  “la gente...”. Cuando ella apareció, le extendió su mano el primer día y recibió dos monedas de un peso. Para el vinito -¡Bendita seas muchacha con reflejos de sol!- y así, un día fue un vinito, otro día un cortado y un sándwich de salame, otro... su almuerzo dependía de la voluntad de la muchacha. El mendigo satisfecho ya un poco empezó a conocerla. Era muy joven y bella. Pero triste, qué triste. Sólo un gesto de dulzura, muy pequeño, casi imperceptible, cuando hacía resbalar las monedas en la gorra del mendigo. Él la quería como a una nieta, con una tibieza infinita.  A las dos de la tarde de aquel día algo fue distinto, algo en su rostro, no había dulzura, había la nada. Por eso ese día él no le extendió la mano -pobre chica qué le habrá pasado? la gente no tiene alma-.
Cuando el flautista y el mendigo la vieron desaparecer bajo el peso del tren escucharon los gritos de la gente y a un ciego que vociferaba desesperado levantando su bastón.  Pero ellos se quedaron mudos y volvieron a su soledad para siempre.

Escena lll

Qué calor hacía dentro de los interminables pasillos de los subterráneos. Y yo con este sombrero ridículo... pero... ¿Dónde estará la salida para Av. de Mayo? No sé por qué no señalizan bien. No, tengo que reconocer que soy una despistada. Le pregunto a este señor... Hay, no. Parece apurado. Mejor a esta chica, camina despacio, sí, a ella.
_Disculpá, no sabés dónde está la salida para Av. de Mayo?  Esto parece un laberinto ¿no?
_ ....
Pero qué antipática, ni se molestó en contestarme ni en mirarme ¡Yo también me encuentro con cada uno! Mejor le pregunto a esa señora...
_ Disculpe...

Escena lV


Parecen ganado... todos en fila para el mismo lado. Apurados unos, tranquilos otros. Una masa humana deslizándose por los sombríos túneles. También hay gente que parece como si no  le importara, como aquella chica, tomándose su tiempo. ¿Nunca te preguntaste adónde van todos?  Uno sólo los ve desaparecer por los agujeros que desembocan en los andenes. Y después, quién sabe.

Escena V


Mientras la gente pasaba a su alrededor ella no dejaba de pensar.
Ya no podía vivir así, no tenía sentido. Cuando era niña no se lo dijeron.  ¿Por qué tuvieron que ocultárselo recién hasta ayer?  Sangre derramada de sus verdaderos padres, torturados y fusilados. Vejaciones, golpes y esa panza que la llevó adentro junto con los ideales de los ‘70.
El flautista giro su flauta cuando ella pasó, y el mendigo no le extendió su mano. No había placeres terrenales ni celestiales que pudiera disfrutar. No tenía derecho, no tenía una tumba para visitar.
Levántense carajo, vamos a hacer un “viaje”. Imaginó esas palabras de boca de un milico gordo y borracho. Su padre abrazando a su madre que la sostenía en brazos.
Se le acercó una joven con un sombrero ridículo, le preguntó algo, no supo ni qué le dijo.  El tren ya viene, tenía que aprovechar ese impulso de valor o de cobardía. Lo supo desde siempre, no tenía derecho a vivir.

La arrancaron de los brazos de su madre, jovencita, una beba. El desgarro, ahora sí lo recordaba. Ella tenía un deber. Ella sí iba a tener una tumba. Así que, simplemente, se tiró bajo el tren.



Última escena


Hace tanto frío afuera. Acá hay un calorcito que reconforta. Los pasos tienen distinto ritmo, lentos, atolondrados, nerviosos, pausados. Una ráfaga de olor a guiso se mezcla con el Tresoir de alguna mujer. Murmullos, preguntas, reflexiones, discusiones, confesiones de la gente. No se puede caminar, uno se choca con todo. Acá está bien. Debe ser una chica, sus pasos son suaves. Me ubico detrás de ella, dejándome guiar. El taco derecho es el que pisa más fuerte, marcando el sentido.  Pero... su respiración es dificultosa, debe fumar mucho, o está mal. Esa melodía en flauta traversa siempre me gustó, aunque Maximiliano la prefiere en piano, qué ocurrencia. ¿Habrá que ponerle una moneda? ¡Qué raro! Hubo cierta vacilación en el flautista cuando pasé cerca de él. Pero seguro que nadie lo ha notado.
La respiración de esta muchacha sigue mal ¿Y si le pregunto? No, mejor no.  Si no fuera un viejo delirante hasta diría que le escucho los latidos del corazón... parece que se le va a saltar, que se le va a explotar. ¿Cómo podría ayudarla?

Viene otra oleada de calor, llegamos al andén. Sí... ahí viene el tren, lo escucho. Voy a tratar de entrar detrás de ella, tal vez en el viaje le saque conversación y pueda hacer algo... Los frenos del tren, los gritos de la gente, el corazón que explotó...¡¡NO!!!

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